lunes, 30 de abril de 2018

La Casa de la Enredadera.-Blogscritores.



¡Hola Bibliófilos!

Bienvenidos. 

¡Hey! ¿Qué onda? ¿Cómo estáis? Espero que muy, pero muy bien. Yo me encuentro excelentemente y con muchísimas ganas de compartir con todos vosotros esta nueva entrada.

En esta ocasión como ya habréis notado en el título, vengo con algo diferente. El día de la fecha, me dispongo a compartirles un nuevo relato de mi autoría, con el que espero que disfruten. El relato está realizado bajo la Iniciativa: "Blogscritores" de la que formo parte desde hace unos meses. El mes anterior, también subí un relato, cuya palabra clave era ·Muerte·. En esta oportunidad la palabra otorgada para realizar el escrito es: ·Enredadera· 


Pero bueno, dejémonos de introducciones y vamos con la historia, la cual espero que sea de su agrado. 

P.D.: Los escritos se realizan en un período máximo de quince días y obligatoriamente debe poseer la palabra clave, mínimo, una sola vez. 







DATO CURIOSO. 

Esta historia se originó en uno de mis tantos sueños, de esos que no puedo quitarme de la cabeza y que intenté plasmar de la mejor manera, por lo tanto, si notáis alguna falla, no dudéis en hacérmelo saber. 










LA CASA DE LA ENREDADERA.


Aquella casona poseía una de las leyendas más oscuras y macabras del país, y sobre todo de su pueblo. Pero solo era eso, ¿no? Una simple y llana leyenda. Al menos aquello era lo que quería creer Luis.

Odiaba con todo su ser a sus amigos. ¿A quién demonios se le ocurría enviarlo allí a esas horas? Claro, porque ellos no serían los que pondrían un pie en aquella mansión de mediados del siglo XIX y de la cual se contaban, la mayoría de veces alrededor de una hoguera, las más terroríficas historias. Aunque él jamás las había creído, claro, ya que de ser ciertas, dudaba mucho que alguien realmente hubiese vivido para contarlo. 


La casa de la enredadera, tal y como la habían bautizado los habitantes de aquel pequeño pueblo alejado de la mano de Dios, era una enorme mansión erigida en la cima de una de las colinas que rodeaban el pequeño grupo de casas de la zona. Hacía más de cincuenta años que aquel edificio se encontraba en el más completo de los abandonos, sin embargo su centenaria estructura no parecía flaquear ante el paso del tiempo. La fachada de la vivienda contaba con dos amplios ventanales y una puerta que medía lo mismo que Luis, solo que multiplicado por tres. Las tres aberturas frontales de la vivienda, se encontraban tapizadas por un muro natural de maleza. Una espinosa enredadera impedía el paso hacia el interior. Mientras que lo que antaño debía ser un amplio jardín excelentemente cuidado, hoy era un manto de hierba que le llegaba a las rodillas.

«Malditos hijos de puta», pensó mientras se giraba sobre sus talones para dedicarles su más potente mirada de odio. «Ya veréis cuando salga».

No tenía la más mínima idea de porqué los había instado a jugar a ese estúpido juego. Tan solo estaba aburrido y no tuvo mejor idea que proponerlo. La idea era que Damián perdiera. Pero el tiro le había salido por la culata, la endemoniada botella lo había señalado automáticamente a él después de girar sobre sí misma un par de segundos.

Tras debatir unos instantes cuál sería la prueba que el muchacho debía pasar, Mario, un chaval de baja estatura y con un marcado sobrepeso, se acercó a Luis.

—¿Ya habéis decidido? —preguntó, inflando sus inexistentes pectorales.

—Claro —respondió el encargado de comunicarle su aventura. —Solo que no estamos muy seguros de que seas capaz de cumplirlo —agregó pinchando el orgullo del chico.

—¿Me estáis diciendo que creéis que no seré capaz de cumplir con una estúpida prueba?
Los cuatro chavales asintieron. Querían dejarle bien claro que no confiaban en él o, mejor dicho, querían pincharlo a tal punto de que cumpliera a como diera lugar.

—Muy bien. Les demostraré que puedo hacer lo que sea que hayan elegido —dijo, con la barbilla apuntando al cielo  que había transmutado del azul al gris en un suspiro. —Díganme qué es lo que se supone que debo hacer. Terminemos con esto de una vez. 
Sus amigos se miraron entre ellos y a una señal por parte de los tres que aún guardaban silencio, Mario retomó la palabra. 

—Hemos tomado la decisión de que debes entrar a la casa de la enredadera y traernos una muestra de ello. Deberás traer una prueba del mismísimo despacho de la bruja. 

La cara de Luis perdió todos los colores en un parpadeo, mientras que su pecho se desinflaba a idéntica velocidad. De todas las cosas que podría haberse imaginado… «Serán cabrones», pensó intentando componerse y mostrarse más valiente de lo que en realidad se sentía. Si no fuese por su orgullo, rehusaría la idea y permitiría que se burlasen de él lo que quedaba del verano. Pero no, no era capaz de pasar por un gallina. 

—¿Cuánto tiempo debo estar dentro? —preguntó con la barbilla nuevamente en alto. 

—El que sea necesario para que nos traigas lo que te pedimos —respondió Damián, abriendo la boca por primera vez en lo que iba de la tarde. 

—Muy bien. Entonces, mañana por la tarde lo haré. 

—No, no. Tiene que ser ahora —dijo Julio. 

—¿Ahora? —preguntó mirando al cielo. La tarde iba tocando a su fin y la poca luz de esas horas había sido reducida considerablemente culpa de los nubarrones que se cernían sobre ellos. —Pero se está volviendo oscuro. Es mejor que lo dejemos para mañana…

—¿Acaso tienes miedo? —Le increpó Mario. 

—No, no es eso. Es que… —titubeó. 

—Pues si no es eso, entonces vamos allá —dijo Damián, acercándose a él y tomándolo del brazo. 

Y allí se encontraba ahora, buscando una bendita entrada a aquella casa que tanto temían en el pueblo y a la que nadie se atrevía ni tan siquiera acercarse. Al dar un segundo rodeo se encontró ante un pequeño hueco en la pared, por el cual su menudo cuerpo sería capaz de pasar. Mirando hacia todas direcciones, respiró profundo y atravesó la diminuta entrada. 

El interior se encontraba totalmente en penumbras. Maldijo, a la vez que sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros un diminuto llavero linterna. Lo encendió y la poca luz que irradiaba le permitió observar una enorme cocina detenida en el tiempo. 

—¡Qué demonios! —murmuró con los ojos como platos mientras observaba, como podía, los detalles de la estancia. 

Recorrió, una a una, cada habitación. Su asombro aumentaba con lo que iba hallando a su paso. La casa permanecía intacta después de todos esos años en total abandono, lo único que delataba el paso del tiempo era una gruesa capa de polvo que cubría los muebles, y la humedad y olor a podrido que inundaba las estancias. 

«¿Cómo demonios puede estar esto así?», se preguntó. Cierto era que pocos habían sido, según las historias de los ancianos, los valientes que se habían animado a entrar, pero según esas mismas leyendas no debería estar todo en tan perfecto estado. 

No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba explorando, pero estaba seguro de que ya era demasiado y temía que los descubrieran a él y a sus amigos merodeando por allí o, peor, que lo descubrieran dentro. 

—Vale. ¿Dónde está el maldito despacho? —se preguntó en voz alta. 

—Continúa en línea recta, baja los diez escalones detrás de la única puerta que encontrarás y abre la puerta de la derecha —respondió la casa. O eso le pareció, pues la voz provenía de todos lados y ninguno a la vez. Era como el sonido envolvente en una sala de cine. 

El alma se le cayó a los pies, al igual que la diminuta linterna que se hizo añicos. 

—¿Quién eres? —preguntó con la voz entrecortada. 

—Te estaba esperando —respondió la misma voz profunda. 

—¿Q… qué? 

—En línea recta, única puerta, diez escalones hacia abajo, puerta a la derecha —dijo la voz ignorando al muchacho.

Tembloroso intentó dar la vuelta y regresar por donde había llegado. Ya no le importaba que creyeran que era un gallina, aquella voz le había crispado los vellos de la nuca y le comprobaba que todas aquellas leyendas que siempre había dado por eso, simples leyendas que narran los ancianos, eran ciertas. Cuando giró sobre sus talones, sintió como una oleada de aire pestilente y una fuerza sobrehumana lo empujaba hacia donde la voz le había indicado que se dirigiera. Procuró una vez más salir de allí, pero nuevamente aquella ráfaga de aire hediondo lo empujó hacia donde quería que se dirigiese. 

Inspiró, llenándose los pulmones del aire putrefacto que reinaba allí dentro y, temblando como una hoja, caminó hacia lo que sería su destino. 

Derecho hacia la puerta, diez escalones hacia abajo, la primer puerta a la derecha. 

Cuando posó su mano sobre el picaporte de aquella maciza puerta sintió una corriente eléctrica fluir por todo su cuerpo. Sus instintos le clamaban a gritos que se marchase de allí, pero sabía que cualquier maniobra que hiciese para escapar sería en vano. Bajó la manilla lentamente, buscando retrasar el momento de encontrarse con lo que, intuía, les esperaba dentro. 

—Adelante. Pasa —dijo en esta ocasión una dulce y melodiosa voz de mujer. —Te estamos esperando. 

¿Lo estaban esperando? ¿Quiénes? Volvió a inspirar profundamente y, reuniendo el poco valor que le quedaba, empujó la puerta que, con un chirrido espantoso, dejó paso a una enorme estancia de color rojo sangre, en cuyo centro se encontraban cuatro personas atadas de pies y manos apoyadas sobre la misma cantidad de cruces de San Andrés. 

Cuando sus ojos fueron capaces de adaptarse a la tenue luz de aquella estancia, un grito de espanto surgió de su garganta. 

—¿Chicos? —preguntó buscando constatar que sus ojos no lo engañaban.

—Así es —dijo una joven mujer, saliendo desde las sombras. —Aquí tienes a tus amigos. Esos que te mandaron al matadero, pero que fueron tan estúpidos como para quedarse merodeando.

—¿Quién eres? —preguntó alejándose, mientras la mujer se acercaba cada vez más, dando un rodeo a sus amigos. 

—¿No sabes quién soy? ¿Seguro? —preguntó la joven, haciendo un mohín con los labios. —Soy Ángela González. 

—No, no puede ser —dijo con los ojos como platos. —Ángela… Ángela González murió hace décadas. Eso lo sabe todo el mundo. Su cuerpo está enterrado en el cementerio del pueblo… Lo que dices es imposible — agregó incrédulo. — Tú no puedes ser ella. ¿Quién eres? —preguntó, a la vez que su corazón latía desbocado. 

—¿Estás seguro de lo que dices? 

—S…sí. Porque aunque Ángela no estuviese muerta ahora sería una anciana y tú... no lo aparentas —respondió con una sonrisa forzada.

—Gracias por el cumplido, eres un amor—respondió girando sobre sus talones, mientras una densa neblina la envolvía de pies a cabeza. 

Tras escasos segundos que se le hicieron eternos, la neblina se disipó desvelando ante él el cuerpo de una endeble anciana. Ahogó un grito. Su cerebro no hallaba una respuesta lógica a lo que acababa de presenciar. Si era un truco para asustarlo, en efecto, lo había logrado. 

—Ahora, ¿me crees? —preguntó la anciana con la misma voz de la joven que minutos antes estaba ante Luis. 

El joven tan solo fue capaz de asentir imperceptiblemente, debatiéndose entre el horror y la fascinación.  

—Muy bien. Ya que sabes quien soy, seguro has llegado a la conclusión de que las leyendas son ciertas. Pues sí, como puedes observar, así es. Y todo aquel que se atreve a adentrarse en mi humilde morada, tiene un único futuro: morir —sentenció chasqueando los dedos y regresando a su anterior aspecto. 

Luis tragó saliva.

—¿Nos matarás así sin más? —preguntó observando a sus amigos que yacían inconscientes atados a las cruces.
La anciana de aspecto juvenil profirió una sonora carcajada que, esta vez, lejos de estremecerlo, le resultó agradable.

—Llevas razón, en parte —respondió con una sonrisa perfecta. —A ti te perdonaré la vida. —Los ojos del muchacho se abrieron aún más. —No te apresures, cariño. Hay una condición. Debes acceder a unir tu vida a la mía; mejor dicho, tu alma.

—Pero eres una bruja, ¿cómo piensas que accederé? —gritó, olvidando con quién hablaba. —¡Matarás a mis amigos!

Una nueva carcajada resonó por la estancia.

—¿Los mismos que buscaban deshacerse de ti enviándote como obsequio para esa bruja? —dijo como quien le habla a un niño desamparado. —Así es, me desharé de ellos y tú me ayudarás. Si accedes a una vida eterna junto a mí.

—¡Mientes! —gritó. —Jamás accederé a eso. Te equivocas conmigo.

—No, no me equivoco, Luis —dijo acercándose a él. —Sé desde hace tiempo que eres la burla, el hazmerreír dentro de este grupo. Querían deshacerse de ti, del huérfano. Del animal que le quitó a sus padres. Si no me crees, ve y oye tú mismo.

Con un chasquido de dedos, una versión etérea de los cuatro crucificados reunidos en círculo en el pequeño parque del pueblo, apareció ante él. Recordaba ese momento, había sido tan solo unos minutos antes, esa misma tarde. ¿O eran horas?

—Acércate y oye. —Lo invitó. 

Luis, obediente, se acercó con cautela al círculo que conformaban Damián, Julio, Mario y Alberto. 

—Esta es nuestra oportunidad —oyó decir a Alberto. —Podremos deshacernos de él sin que nadie nos eche la bronca. Diremos que el muy terco decidió mostrar que tiene cojones y nunca salió. Eso... si alguien pregunta por el pobre —agregó en tono de burla. 

—Tienes razón. No tendremos ocasión mejor para sacarlo del camino —secundó Damián. 

—Pero, ¿por qué? No podemos hacerle esto a Luis — acotó Julio. 

—No recuerdas porque nos hicimos sus amigos, ¿no? —dijo Mario, entrecerrando sus ya diminutos ojos. —El fue quien mató a nuestros padres, incluidos los suyos, en aquel incendio. Siempre supimos que era rarito, por algo jamás nos relacionamos con él antes de aquello. ¿No recuerdas que juramos vengarnos? 

—Es triste, pero debo darte la razón. Aunque me comenzaba a caer bien —respondió Julio. 

—Muy bien, chicos. Es ahora o nunca. —dijo Mario, dándose la vuelta.  

El círculo se disolvió y Mario se alejó hacía donde se encontraba la versión etérea de Luis. 

La imagen se disolvió tan rápido como había aparecido, a la vez que una fría mano se posaba sobre tu hombro. Se giró y se encontró cara a cara con el rostro de la mujer. 

—Yo no tuve la culpa de ese incendio —se excusó, sin demasiada convicción.  

—No te mientas más, mi amor —dijo Ángela , observándolo tiernamente. —Sabes que eres diferente. Disfrutas matando. Somos el uno para el otro. 

—No fui yo... Fue un accidente —Sentía que el muro, que había construido esos años, comenzaba a romperse. —No ha vuelto a suceder después de aquella vez. 

—Te has reprimido, cielo. Pero es hora de que dejes de coartar tus deseos. Únete a mí. Serás inmortal, podrás desatar el monstruo que llevas dentro y serás inmune. Juntos seremos felices. —Una nueva sonrisa asomó a sus labios. 

Era cierto. Luis sentía, desde muy pequeño, un pulso oscuro latiendo dentro de él. Ese ser que desconocía los instó a provocar aquel incendio donde sus padres y los de sus amigos murieron. No podía negar que la oferta le era por demás tentadora. Se quedó inmóvil, mientras su parte racional y su instinto macabro libraban una cruenta batalla interior. 

Tras largos minutos de silencio, se giró hacia Ángela que aguardaba, en silencio, una respuesta. 

—¿Y si no acepto? —preguntó. 

—Morirás tú también — sentenció. —Aunque sería una pena, el Señor desea mucho tu presencia entre nosotros. 

—¿Vosotros? 

—Así es. Somos un amplio y surtido aquelarre. Somos los que desatamos los peores tormentos en la humanidad.Catástrofes naturales, dolor, muerte, sufrimiento, enfermendades... ¿sigo? —Luis negó con la cabeza. —Bien, tú, mi querido, estás llamado a ser uno de nosotros.

El muchacho frunció los labios asintiendo. Y mirando brevemente a los cuatro que continuaban inconscientes, preguntó: 

—¿Qué tengo que hacer? 

—¡Sabíamos que no rechazarías la oferta de Lucifer! —gritó emocionada. Luis se mantenía en sitio expectante. —Solo debes sellar el pacto con Él matando a esos cuatro y uniéndote a mí. Tienes todo dispuesto —agregó esto último señalando hacia la derecha, donde mágicamente apareció una mesa repleta de los materiales más diversos para infligir dolor y, sobre todo, matar. 

El chaval se acercó con decisión, dejándose llevar por aquel oscuro ser que, por fin, era libre. 

Tomó un enorme serrucho y lo sopesó. Era bastante más pesado de lo que se había imaginado, pero asombrosamente fácil de utilizar. 

Se dirigió al primero de los muchachos y comenzó a diseccionar, una a una, sus extremidades. Así lo repitió en los restantes, recreándose en cada una de las heridas realizadas. Poco a poco, fue completando su trabajo. Sentía que su ser estallaría por la adrenalina liberada. Disfrutó alternando entre las diferentes herramientas, descubriendo nuevas maneras de matar, hasta que no quedó la más mínima gota de vida en ninguno de los cuatro muchachos, que tras el grito de dolor inicial habían caído en la inconsciencia una vez más.  

Manchado de pies a cabeza por la sangre de los jóvenes, se acercó  a Ángela, dejando a sus espaldas aquella dantesca escena. 

—Lo has hecho de maravilla, mi vida —dijo, emocionada tomándole con ambas manos, el rostro ensangrentado. —Ahora comprendo porqué Él te desea tanto entre sus filas. Envidio tu frialdad y decisión. Serás grande. ¡Muy grande! 

Tras esas palabras, ambos se fundieron en un violento beso, empapados en aquel espeso líquido vital; sellando así aquel macabro pacto. 




©Todos los derechos reservados. 




Y eso ha sido todo por hoy. 

Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo. 

Recuerden que cualquier comentario es bienvenido, siempre que parta de la base del respeto y la tolerancia. 



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3 comentarios:

  1. ¡Ailuuuz! Sabes que me ha encantado este relato, la verdad es que lo has escrito de maravilla y se siente cada palabra como si estuviera viva. En serio gracias a ti por compartirlo con todos nosotros, me alegro que hayas podido hacerlo :3 Mientras lo iba leyendo no se por que sentía que habías cambiado algo, ¿puede ser, no? Perdón, ando con la mente llena y mi memoria es pésima jajaja Tal vez sea porque es la segunda vez que lo leo y todo parece cerrar incluso mejor que en la primera. Así que me alegro haberlo podido leer de nuevo jajaja :3 Espero pronto que puedas volver a publicar estos relatos, me encanta ver la originalidad puesta en acción aquí :3 ¡Besoos!

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  2. Wow... Me quedé impactada. Has hecho una historia digna de las más terroríficas leyendas de terror :3 o al menos a mi me lo parece ¡Te quedó genial!

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  3. ¡Hola, guapa!

    Me ha encantado este relato, porque está muy bien escrito y me he metido en la historia de principio a fin. Gracias por compartir con nosotros lo que escribes.

    ¡Besos y nos leemos!

    Marieta ~ Relatos de una náufraga

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¡Hola! Me encanta que me dejen sus comentarios y, por lo tanto, poder interactuar con quienes me leen. Está demás decir que acepto críticas positivas y negativas, mas no insultos y faltas de respeto, es por este motivo que los comentarios tienen moderación.
¡Respondo siempre que puedo! Así que comenten con gusto y tranquilos, siempre estoy al pendiente de lo que ustedes me quieran decir y compartir.

Ailuz.