¡Hola Bibliófilos!
Bienvenidos.
¿Qué tal están? Espero que muy, pero muy bien. Yo el día de hoy estoy un poco aterrada porque les traigo un nuevo relato y en este me he volcado a escribir algo de lo que más me gusta leer. Aún así, espero que les guste, cualquier recomendación será bien recibida, siempre y cuando sea con respeto, claro está.
Bueno, sin más rodeos, los dejo con el relato.
«Otra vez el maldito buzón de voz», pensó con más
miedo que impotencia, mientras caminaba histérico, de una punta a la otra. Miró
el suelo, como temiendo por un momento, haber dejado una marca.
—¿Dónde te
has metido, Beate? —preguntó en voz alta, como si de esa forma ella
pudiese oírlo y darle una respuesta. —Contesta, maldita sea.
¡Contesta!
No podía establecer conexión.
No podía establecer conexión.
Hacía más de tres horas que habían quedado en verse. Le
había propuesto ir a su encuentro, a lo cual ella rehúso ofendida, alegando que
tenía la edad suficiente como para poder cruzar el parque por su cuenta. Temía
estar volviéndose paranoico y que todos los posibles sucesos que se agolpaban
en su mente, no fueran más que alucinaciones por el miedo que le generaba el
saber que ella estaba sola en la calle, sumado a los acontecimientos que habían
alterado a la sociedad noruega. Sí, la policía había dado una conferencia de
prensa para informar a la población de que el asesino en serie más temido de
los últimos tiempos estaba tras las rejas, aún así la imagen de ella en manos
de algún maldito psicópata no lo abandonaba.
En un primer momento quiso creer que se había
retrasado y que no había pensado en avisarle. Solo Dios sabe cómo piensan las
mujeres. Pero eso lo tranquilizó, únicamente, los primeros sesenta minutos de
espera. ¡Joder!, habían pasado tres puñeteras horas y ni un puto mensaje. A
esas alturas, el miedo y la impotencia de no saber qué coño sucedía lo roían
por dentro y lo hacían sentirse culpable de no haber ido a por ella, aun
corriendo el riesgo de discutir.
Suspiró, mirando el móvil por enésima vez y dándole al botón de rellamada.
La voz de la máquina lo exasperó. Pateó la mesa de
la sala, haciéndose daño sin lograr aplacar su frustración. Cerró los ojos y
tras una profunda inspiración, se dirigió a la sección de contactos y pulsó el
nombre de Monika, la madre de Beate.
—Hola, Eric. ¿Qué tal estás? —saludó
alegremente la mujer.
—Esto… Bien, bien y ¿tú? —respondió
con un nudo en la garganta. No quería asustarla, pero no veía más remedio que
salir de dudas. Alejó los pensamientos que lo habían turbado las últimas horas.
—Me alegro, querido —dijo con
voz amable.
—Esto… Monika, me preguntaba… verás… ¿Beate está contigo? — El corazón le iba a mil. No conseguía
serenarse. Rogaba por el amor de todos los dioses, que ella hubiese decidido
quedarse en casa. Aunque aquello no justificara el que no atendiera el móvil.
—No, Eric. Salió hace un par de horas. Me dijo que se encontraría contigo
en la piscina de Frognerbadet. —En la voz de la mujer, pudo notar el miedo y cómo sus sentidos se ponían
automáticamente en alerta.
—Pues… esto… es que no ha llegado. Y me comenzaba a preocupar respondió con el corazón en un puño.
¿Dónde se habría metido esa muchacha?
Escuchó un golpe al otro lado de la
línea.
—Monika. Monika —llamó con los ojos como platos.
Mientras del otro lado escuchaba el jaleo de gritos y pasos rápidos.
Cortó la llamada. No, no quería
pensar, pero su cabeza no hacía más que presentarle, una tras otra, imágenes de
lo más angustiantes. Quizás
lo mejor era hacer lo que estaba aplazando desde un principio: llamar a la
policía. No era normal que una muchacha que siempre llevaba el móvil encima,
con un cargador de baterías y que siempre atendía a sus llamadas, llevara casi
cuatro horas con el móvil apagado o fuera de servicio.
«¿Dónde se habrá metido?», pensó una vez más
mientras marcaba el 112. Sabía que la policía le haría mil preguntas y eso si
tomaban su denuncia. No solían recibir de ese tipo. No habiendo pasado tan solo
unas horas.
***
Se despertó. La cabeza le daba vueltas y sus sienes
palpitaban al punto de creer que su cráneo estallaría de un momento a otro.
¿Dónde estaba? Abrió los ojos de par
en par, pero por más de que forzó al límite su capacidad visual, era incapaz de
ver nada. Se encontraba sumida en la más completa oscuridad. ¿Dónde se
encontraba? ¿Qué era aquel cuartucho con paredes de metal? Un sudor frío
comenzó a recorrer su espalda y le empapó la camisa de seda. El miedo comenzaba
a abrirse pasó. Intentó incorporarse. Notó que nada ni nadie se lo impedía,
pero… ¿Por qué estaba allí?
Aguzó el oído procurando percibir
cualquier sonido que delatase al culpable de su encierro, mientras luchaba por
recordar qué había sucedido; cómo había terminado allí.
Un cúmulo de imágenes comenzó a
agolparse en su mente. Su casa, el parque, la sensación de ser perseguida, la
paranoia, el miedo, una sombra y después la nada.
No le podía estar pasando aquello. Quiso
gritar, pero su garganta tan solo logro proferir un sonido lastimero, como
de una presa en las garras de su cazador. Eso era, una puta presa. No, era
imposible que fuese él. Lo habían encarcelado, ¿cierto? Pero la certeza cayó
sobre sus hombros como un bloque de hielo. El dolor y el miedo le congelaron
las entrañas.
No, se negaba a creer lo que su mente
luchaba por hacerle comprender.
Palpó las paredes metálicas, golpeándose
con lo que le parecieron asientos, hasta
dar con una pequeña manivela circular. «La puerta», pensó. Intentó girar la
manilla. Estaba cerrada.
—Idiota. Eres una idiota. Claro que
está cerrada. ¿Qué creías? — se recriminó, mientras se dejaba caer, quedando
sentada apoyando su espalda contra la pared. Dos enormes lágrimas surcaron su
rostro.
—¿Lo has aceptado ya? —preguntó una
voz femenina. Levantó la cabeza en alerta buscando la fuente. —Acepta tu final,
pequeña Beate.
La voz tenía un deje metálico como
quien habla a través de un aparato electrónico. «Eso quiere decir que no está
aquí», pensó. Inspiró profundo buscando serenarse.
—¿Quién… quién eres? —preguntó temblando
de pies a cabeza. Tenía la boca seca y la garganta le ardía al hablar. Sed.
Tenía sed. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?
Una sonora carcajada metalizada sonó,
a través del altavoz que permitía la comunicación.
—¿Quién soy? Es raro que no lo sepas,
cuando mi obra es de conocimiento popular —respondió riendo, aún.
Los ojos y boca de Beate se abrieron
por completo en una mueca de terror y desconcierto. «No. No puede ser», pensó.
«El asesino es un hombre y está tras las rejas». Se negaba rotundamente a
creer.
—No sabes cuánto siento que estés tan
asustada —dijo como si se dirigiese a un niño pequeño, para luego soltar una
estridente carcajada poniendo los vellos de Beate como escarpias. —No,
realmente no lo siento. Desde aquí puedo oler tu miedo. Pobre, pobre Beate.
—¿Qué…?—titubeó. —¿Qué vas a hacerme?
—Oh, tranquila. Será todo muy limpio.
Es más, ya ha comenzado y ni siquiera te has dado cuenta.
—¿Có…cómo? —preguntó. En verdad no
quería saber, pero tampoco quería pensar y darle vueltas a algo que desconocía.
—Vaya, ¿así que quieres saber? Pues…—respondió.
A través de su voz podía intuirse una sonrisa. Estaba complacida. —Bien, es
simple y sencillo. Te preguntarás qué es esta sala, ¿verdad? —Beate asintió,
aún a sabiendas de que probablemente no pudiese verla. ¿O sí? —El hermoso lugar
dónde te encuentras es, nada más ni nada menos que: una cámara hiperbárica. Sí,
una muy parecida a la que frecuentan las celebridades, una inofensiva cámara que ayuda al rejuvenecimiento. Y, ¿sabes por qué
estás aquí? —Rio. —No, no es para un tratamiento rejuvenecedor. En verdad tú no
lo necesitas, querida. No, mi cielo, te encuentras aquí para otra cosa. ¿Sabes
qué sucederá? ¿No? ¿No puedes imaginarlo? Pues, permíteme que te lo explique de
una manera muy sencilla.
«La presión de esta habitación está
programada para que aumente de manera paulatina. Como sabrás, o quizás no, el
cuerpo humano vive en condiciones normales de presión, es decir, una atmósfera.
Cuando la presión atmosférica aumenta, el cuerpo y los órganos comienzan a
comprimirse. Ahora mismo tu cuerpo se encuentra sometido a una presión de seis atmósferas.
¿No lo notas? — Se aclaró la garganta. —Del total del aire que respiramos, el
ochenta por ciento es nitrógeno. Te preguntarás, ¿qué tiene que ver una cosa
con la otra? Muy bien, cuando el cuerpo es sometido a grandes presiones, el
nitrógeno comienza a transformarse en pequeñas burbujas, las cuales entran en
la sangre y por consiguiente a los tejidos. De esta manera, si un cuerpo se
descomprime rápidamente – que es lo que pasará contigo – esas burbujas
empezarán a bullir, como si de una
botella de champaña se tratara, haciendo
que sufras agudos dolores que te harán retorcerte y, en el mejor de los casos,
morirás. Si no es así, ya te encargarás tú solita de comunicármelo y suplicar
que acabe con tu agonía.
La respiración se volvió superficial.
No dudaba de lo que decía aquella mujer. La policía había hablado de ello,
aunque sin entrar en demasiados detalles, a la prensa. Victimas halladas con
signos de violencia totalmente diferentes entre sí, pero con un único factor
común: todas y cada una de las víctimas habían sufrido la, vulgarmente
conocida, «enfermedad del buzo». En la sangre y los tejidos de aquellas mujeres
se habían hallado enormes cavernas formadas por las burbujas de nitrógeno. Beate
se había informado, en la medida de lo posible, tras aquella noticia y varios
estudios mencionaban el insoportable dolor que padecían las personas al sufrir aquella enfermedad. Sí,
aquella era la agonía que le esperaba.
¿Cuándo sería liberada de aquella presión? ¿En qué momento comenzarían
aquellos dolores? ¿Qué le esperaría después? Miles de preguntas comenzaron a
agolparse en su mente.
Dejó caer su cabeza entre
sus rodillas, a la par que una tímida lágrima recorría su mejilla. Pensó en
Eric, en sus padres y en todas las cosas que no podría vivir. Pensó. Pensó.
Pensó. Hasta que un profundo sueño la envolvió.
Un dolor agudo la
despertó y un grito se abrió paso a través de su garganta. «¿Cuánto llevo
dormida?», se preguntó, mientras grandes punzadas la obligaban a doblarse sobre
sí misma, buscando lo imposible: calmar aquel insoportable dolor. ¿Moriría o tendría que suplicar por ella? No
lo sabía, solo tenía presente que deseaba de que el dolor terminase. Sabía que
no había escapatoria.
La tortura acababa de
comenzar.


2 Comentarios
Mujer, no sabes cuánto me ha gustado este escrito tuyo 😱. Me he quedado muy impresionada y con muchas ganas de leer más de esta misma historia <3
ResponderBorrarMiscret, de Leer es infinito
¡Hola, guapa!
ResponderBorrarMe ha gustado mucho este escrito y me ha atrapado desde el primer momento. Además, tiene ese punto de intriga que te engancha y te mantiene alerta hasta que lo acabas. Gracias por traer este relato a tu blog y ojalá que pueda leer más escritos tuyos.
¡Besos y nos leemos!
Marieta ~ Relatos de una náufraga
¡Hola! Me encanta que me dejen sus comentarios y, por lo tanto, poder interactuar con quienes me leen. Está demás decir que acepto críticas positivas y negativas, mas no insultos y faltas de respeto, es por este motivo que los comentarios tienen moderación.
¡Respondo siempre que puedo! Así que comenten con gusto y tranquilos, siempre estoy al pendiente de lo que ustedes me quieran decir y compartir.
Ailuz.